Hacer triaje es salvar más vidas

14 de abril de 2020

Miguel Ángel Sánchez González
Diario Médico

Monitor en una habitación de UCI

Cuando un sistema de asistencia sanitaria no tiene recursos suficientes para salvar todas las vidas que podrían salvarse, la primera obligación de los gobiernos y de los administradores es aumentar esos recursos.

Pero cuando, a pesar de todos los esfuerzos de la administración, las necesidades vitales superan a los recursos, lo más ético es hacer triaje. Esto significa que quienes asignan los recursos a los enfermos, tienen que hacerlo de la forma que salve el mayor número de vidas en el conjunto de la población. Y, esta meta de reducir el número total de muertes al mínimo posible, puede obligar moralmente a priorizar la asistencia de algunos, y posponer la de otros.

Dominique Larrey, jefe médico de Napoleón, puso a punto el primer sistema de triaje igualitario entre los heridos de guerra. Atendía primero a los que podía salvar de la muerte con más seguridad. Postergaba a los que no iban a morir si los desatendía, y también postergaba a los que muy probablemente iban a morir de todas formas. Consiguió así salvar el mayor número de vidas. Y actuó éticamente.

Por el contrario, durante la segunda Guerra Mundial se hizo otro tipo de triaje para decidir a quién se administraba penicilina, entonces escasa. Esta vez se reservó el antibiótico para soldados con enfermedades venéreas, con el fin de reintegrarlos al combate. Y se dejó sin tratar a soldados con heridas de guerra infectadas, que podían morir. Se practicó así un triaje utilitarista con el fin de ganar una guerra. Hoy no queremos que se practique este segundo tipo de triaje. No queremos que se promueva en esta pandemia ningún otro fin que no sea el de salvar vidas.

Hay pues triajes médicos igualitarios, que son deseables, y hay triajes utilitaristas sociales, que son inaceptables porque persiguen fines políticos, sociales o económicos sacrificando vidas humanas.

En las actuales circunstancias de pandemia necesitamos adoptar un triaje médico igualitario que tenga como único objetivo salvar más vidas.

Un triaje igualitario concede el mismo valor a cualquier vida humana, sin discriminar en función de la edad, discapacidad, calidad de vida o valor social. Este triaje, en situaciones de catástrofe, sólo calcula la probabilidad de fallecer de cada paciente, sin que importe quién sea el paciente. Y sólo pregunta cuánto se puede disminuir esa probabilidad de muerte aplicando el recurso escaso. Se trata de calcular la probabilidad de muerte que tiene un enfermo, utilizando índices de mortalidad validados científicamente. Y calcular después cuánto se puede disminuir esa mortalidad con el tratamiento. Finalmente, la ética obliga a elegir al enfermo al que se puede reducir más la mortalidad.

Frecuentemente, aunque no siempre, los jóvenes responden mejor a los tratamientos. Por esto, y sólo por esto, se puede posponer la atención de una persona mayor. De modo que se deberá dar preferencia a un joven si, y sólo si, existen evidencias objetivas de que puede disminuir bastante más su mortalidad con el tratamiento.

Por otra parte, para tomar estas decisiones no es bueno cuantificar la discapacidad ni la calidad de vida, ya que éstas solo deberían tenerse en cuenta en cuando fueran extremas. En cuanto al valor social de la vida de los enfermos, es preferible que los médicos no tengan que hacer distinciones, que son contrarias a sus mejores tradiciones éticas.

Y desde luego, el triage sólo afecta a los recursos escasos. No se debe, en ningún caso, escatimar otros tratamientos, que pueden suministrarse a todos.

Este triaje es estrictamente médico porque su único objetivo es disminuir el número de muertes en el conjunto de los afectados.
Aumentar las probabilidades de supervivencia

En las actuales circunstancias de catástrofe sanitaria la pregunta éticamente correcta para un profesional sanitario, es: ¿Con mi actuación, a quién puedo aumentar más las probabilidades de supervivencia? Para poder asumir, y soportar, esa dolorosa pregunta los médicos necesitan ser comprendidos, aplaudidos y ayudados.

En primer lugar, se tiene que explicar a la sociedad en qué consiste el triaje y por qué tienen los profesionales el penoso deber de aplicarlo.

Para tomar decisiones atinadas es preciso que estén basadas en hechos perfectamente conocidos por quienes deben tomarlas. Por eso los sanitarios no pueden permanecer aislados e incomunicados en su propio hospital. Necesitan disponer de una información actualizada y continua de los recursos totales existentes en cada momento, a nivel local, regional y nacional. Esta información sólo puede suministrarla alguna entidad coordinadora centralizada, que también tenga autoridad para asignar recursos que pueden estar en hospitales distintos.

Además, los profesionales necesitan disponer de protocolos éticos de triaje que orienten sus decisiones, y que sean claros, útiles y transparentes ante la opinión pública.

En estos momentos, los sanitarios, también necesitan ayuda y comprensión social para sobrellevar la agonía moral de tener que tomar decisiones sobre la vida de sus enfermos, en situaciones de urgencia, apremio de los familiares, e incertidumbre sobre las probabilidades vitales de cada individuo.

Finalmente, no conviene que las decisiones vitales sean tomadas por una sola persona. Se necesita la ayuda de equipos o comités de ética que aconsejen, compartan o asuman esas decisiones.

Este es el triaje ético igualitario que necesitamos, para salvar el mayor número de vidas. Y el que debemos exigir todos.

Miguel Ángel Sánchez González, profesor de Humanidades Médicas y Bioética de la Universidad Complutense de Madrid